
En el mismo momento que se comienza a rodar por Brasil, ya te envuelve la
selva (foto 1), y ya no nos abandonará en los 1000 km en dirección sur que nos
quedan por recorrer hasta Manaos.
El primer día pretendemos llegar a dormir a Boa Vista, pero antes vemos en el
GPS que marca unas pinturas rupestres a pocos kilómetros de la carretera, y
decidimos hacer una primera pequeña excursión por una pista de tierra. Comienza
ancha y en buen estado (foto 2), por lo que pensamos que los 12 km los haremos
rápidos, pero es una ilusión, en seguida se estrecha y llena de maleza (foto 3),
os aseguro que esa tarde rayamos bien el carro. Para pasar los precarios puentes
de madera que encontramos, los recorríamos una y otra vez a pie, y parecía que
no iban a aguantar ni nuestro propio peso (foto 4), pero también pasamos. Hasta
que llegamos al último río, con el conjunto de las "piedras pintadas" a la
vista, pero no había puente. Como se hacía tarde y aun teníamos que salir de
allí y llegar a Boa Vista, simplemente me desnudé y crucé el río en calzoncillos
(foto 5), y me puse a correr en dirección a la piedra a buscar las pinturas
rápidamente mientras pensaba que le diría si me encontraba con un indígena o
alguien que me viera correr como un loco, todo mojado y en ropa interior.
Las pinturas eran sencillas, simples líneas que asemejaban serpientes
horizontales y verticales, y otras tantas lisas, pero lo de verdad interesante
eran las formas de hongos de las piedras, muy curiosas.
Salimos de allí con un luminoso y precioso atardecer en medio de una soledad que
producía una sensación de paz y felicidad asombrosas...(fotos 6 y 7)