En este agreste valle de los Alpes de Ammergau, desde donde se domina el macizo del
Zugspitze (foto 1), y donde el rey Luis II de Baviera practicaba la caza, se mandó construir
el coqueto palacete de Linderhof (foto2).
Como rey soñador que era, mezcló todos los estilos: edificios rococós, jardines
renacentistas, parques ingleses y exóticos pabellones orientales.
El interior del palacio, es sencillamente deslumbrante, desde el tremendo jarrón de Sevres
de la entrada, hasta fastuosas lámparas hechas de marfil. El lujo de sus habitaciones y
gabinetes, supera en muchas ocasiones al mismísimo Palacio de Versalles, como su suntuoso
dormitorio, o la sala de los espejos (foto 3). Es de esas cosas que os digo a veces que no se
pueden explicar, que hay que verlas, este palacio por si solo vale una visita a Alemania.
Y el asunto no acaba con el palacete, todo el conjunto debía servir de escenario
fantástico para los sueños románticos de este rey "loco", apasionado admirador
de Richard Wagner, hasta el punto de mandar hacer una auténtica gruta artificial con
estalactitas, cascadas, un lago, iluminarla, e incluso climatizarla, para la representación
del episodio de la Venusberg de la ópera wagneriana "Tannhäuser" (foto 4). Hay
más escenarios creados para la música de Wagner: como la
"Hundinghütte" (cabaña de Hunding), para la escenografía de la
"Walkiria", o la casita llamada "Gurnemanzklause", para la
representación de la ópera "Parsifal".
Otras excentricidades son el "Pabellón morisco" (foto 5), que adquirió en la
Exposición Universal de París de 1867, y que le servía de decorado cuando sentía el
capricho de representar el papel de soberano oriental en el corazón de los Alpes.
Todo está comunicado entre si por diferentes parques y
jardines, terrazas, cascadas, estanques, fuentes, cualquier detalle es sorprendente, muy
cuidado, exquisito, real, a mi me hizo gracia por ejemplo esta fuente en la que el chorro de
agua imita la flecha que se va a lanzar (foto 6)...